Mi Diosa

Tu hermosura me cegó,
al verte en aquella plaza,
y una flecha me sorprendió
en la escena inesperada:
en mi horizonte apareció
la propia Venus encarnada.
Tu elegante perfil se grabó
a fuego lento en mi alma.
Mi corazón te deseó
y mi alma quedó prendada
por tu perfume de flor:
Rosa fresca recién cortada.
La realidad te encarnó
en prohibida fruta lejana,
mas el destino se encargó
que la fortuna me acariciara,
y entonces todo empezó
con aquel cruce de miradas.
Me llevó a ti el camino
esa fría tarde de Noviembre.
Tu belleza, que había crecido,
te hizo resplandeciente,
ver el rojo de tus labios
la más grande de mis suertes.
Nunca tuve sensación parecida,
era el fuego tan grande
que mi corazón desprendía,
cuando de mi lado marchaste,
mis ojos lloraron como nunca antes,
aun sabiendo que volverías.
Como en los cuentos de hadas,
mi sueño, realidad se vuelve,
con maravillosa felicidad disfrutada
entre Sevilla, Estepa y Granada,
nos decidimos firmemente
permanecer unidos por siempre.
Nuestro amor se consumó,
a tu fuerza y voluntad doy gracias,
pues con mucho valor y tesón
dos tesoros que me regalas:
fuerte roble y hermosa flor,
alegrías de mi casa.
En momentos de penumbra,
sombras, oscuridad y frío
es tu luz la que me alumbra
siempre estás al lado mío,
cuando más precisé de consuelo
tú quisiste ser mi pañuelo.
Piedras hemos encontrado
en la dura senda de la vida,
con algunas hemos tropezado
pero la duda no tiene cabida,
pues más fuertes nos levantamos
aunque grande sea la caída,
con sólo unir nuestras manos.
Por todo lo anterior quisiera,
y a Dios lo pido con fuerza:
vivir de mi vida lo que queda,
junto a ti, y no de otra manera.
Que en mi último aliento estuvieras,
cerquita de mí, allí a mi vera.
Y que se entere la tierra entera:
Eres mi mitad inseparable,
eres mi alegría y mi consejera,
mi flor, mi amiga, mi amante,
mi esplendorosa y radiante primavera
de mi vida, fiel compañera.
José Miguel Mancera de Miguel
14 de Febrero de 2018

Sabías que...

Babieca, el fiel corcel de Rodrigo Díaz de Vivar, el "Cid Campeador", fue un regalo del rey poeta de Sevilla, Almutamid, como muestra de agradecimiento a la defensa y protección prestadas por el Cid en en la batalla acontecida en la ciudad de Cabra, frontera del reino taifa de Sevilla, ante la ofensiva de su vecino rey de Granada en coalición con el noble castellano García Ordóñez.